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El próximo Kabalat Shabat en Kehilá realizaremos una reflexión y kadish previo al «Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto»

 

Compartimos un escrito de la profesora Esther Slepoy de Kaplan:

“Quisieron enterrarnos… pero no sabían que éramos semillas”.

74 años de la liberación de Auschwitz

El 27 de enero de 1945, el Ejército Rojo liberó el campo de exterminio de Auschwitz.

El 27 de enero de 2005, 60 años después la ONU declaró esa fecha “Día Internacional de la Memoria de las Víctimas del Holocausto”.

En 1947 se fundó el “Museo Estatal de Auschwitz – Birkenau”. En 1979 la UNESCO declara a Auschwitz “Patrimonio de la Humanidad”, el mayor simbolismo de la Shoá, Holocausto.

Al cumplirse otro año de este devastador hito histórico, DAIA, Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas, filial Rosario y la Asociación Israelita de Beneficencia de Rosario, Departamento de Cultura, Área Talleres “Por las huellas de la Shoá”, adhieren a esta recordación de todas las víctimas judías del holocausto, asesinadas por el nazismo.

Las diferentes creencias judeo-cristianas personifican al hombre como la coronación de la obra Divina en el mundo. El hombre es creado con el designio de perfeccionarse a través de sus actos y acercarse a su Creador. No obstante, el intelecto y el libre albedrio, que nos distinguen dentro de la especie animal, fueron violentados física y moralmente, porque “el hermano se alzó contra el hermano… porque fue el hombre el que se lo hizo al hombre”.

El siglo XX y aún el XXI, considerados de grandes descubrimientos científicos, de importantes invenciones y desarrollos tecnológicos inimaginables, también produjeron los más aberrantes genocidios en Europa y otros continentes, algunos ignorados, minimizados o cubiertos de silencio. La matanza de los armenios en Turquía, los genocidios en Rumania y Ucrania, en Bosnia, Camboya, Darfur y Kurdistán y aún en Argentina, durante la dictadura militar. Es un fenómeno de proyección inversa: cuanto más nos “culturizamos” menos tolerancia y respeto sentimos por el prójimo.

El régimen nacionalsocialista, que gobernó Alemania de 1933 a 1945, en complicidad con los países que adhirieron a sus postulados, creó una ideología asesina y un sofisticado “arte de la humillación y degradación del judío” El violento nacionalismo y renovado antisemitismo que se difundieron por toda Europa, convirtieron a la Shoá en el símbolo moderno y universal de inequidad, en nombre del proclamado Tercer Reich.

El término hebreo SHOÁ supera su significado por encima de la palabra griega “holocausto”, destrucción total por medio del fuego. Shoá es, específicamente, el exterminio del pueblo judío, su destrucción total, negándole “su dignidad, su descendencia, su cuerpo y su alma”. El nazismo le quitó a los judíos “no sólo sus Derechos humanos sino su derecho a ser humanos”.

“La Shoá no fue una guerra, ni un episodio dentro de la Segunda Guerra Mundial, ni parte de la historia alemana; tampoco fue un crimen de guerra que debe ser juzgado como tal”. La Shoá fue la ejecución de asesinatos en masa, específicamente de judíos, pero también de gitanos, comunistas, homosexuales, discapacitados y enfermos mentales y de todos aquellos opositores al régimen nazi.

No obstante, la Shoá es el paradigma más extremo de genocidio, porque ningún otro “fenómeno histórico semejante” se aproxima a sus dimensiones, en número de víctimas ni a la abusiva fundamentación ideológica nazi. Todo judío estuvo condenado al “plan de la solución final”, con una proyección biológica, que se remitió hasta la cuarta generación hacia atrás. Este plan persecutorio nazi tuvo la clara intención de aniquilamiento universal de los judíos, no sólo en Europa, sino más allá de sus límites.En América Latina establecieron un sistema de espionaje y una red de propaganda nazi, antisemita, a fin de convencer a gobernantes, políticos y cancilleres de no dar asilo a refugiados judíos. Algunas honrosas excepciones, apelando a sus sentimientos humanitarios, les dieron oportunidades para salvar sus vidas; otros fueron indiferentes y no se esforzaron en canalizar los medios diplomáticos a su alcance, para recibir a las víctimas

Organizaciones judías en Europa, Estados Unidos y América trabajaron, desesperadamente, para trasladar la máxima cantidad de refugiados y aportar las altas sumas de dinero, que los distintos países exigían, para recibir la “cuota” limitada de inmigrantes. Algunos imponían condiciones inhumanas para acoger niños, que debían ser previamente esterilizados a fin de evitar una reproducción importante y no “llenar el país de judíos”. Definitivamente, los judíos constituían una inmigración descaliçficada y no deseada. El silencio del mundo libre fue permisivo y condenatorio para las víctimas, que ardían en Europa, en la mayor catástrofe de crímenes contra el género humano.

La ideología de superioridad de la “raza aria” de la cual el pueblo alemán se consideraba “la rama más pura” consideró a los “semitas judíos” una “sub-raza”, una suerte de “parásitos amenazantes”, que contaminaban peligrosamente la economía, la política y la sociedad alemana, en particular, y la del mundo en general. Por lo tanto, como portadores de una enfermedad pandémica, debían ser erradicados, definitivamente, de la faz de la tierra. Esa visión de los judíos culpables de todos los males de Alemania, despertó en los alemanes una franca oposición, recelo y odio hacia los “responsables” de su crisis.

El exterminio de los dos tercios del Pueblo Judío en Europa no fue ni un acto de locura, ni obra de un solo hombre: Hitler. El odio racial desató el operativo de asesinato masivo, racionalmente planificado y perversamente ejecutado por los alemanes adheridos al nazismo y sus colaboradores en los territorios conquistados y anexados por las fuerzas del Tercer Reich. Los observadores pasivos aplicaron la política de no saber lo que sabían, no ver aquello que veían en las calles, detrás de sus ventanas, no escuchar lo que les murmuraban, porque “ignorar” no los comprometía. Ellos fueron cómplices y solidariamente responsables del horror, que sucedía ante sus ojos, y no menos culpables que los colaboracionistas.

El nazismo se apropió de científicos y profesionales, muchos de ellos prisioneros judíos galardonados con premios internacionales. Sus genialidades fueron utilizadas para proyectar y experimentar formas de muerte más eficaces y sofisticadas. Se perfeccionaron las armas existentes y crearon nuevas, se diseñaron campos de concentración y exterminio, camiones y cámaras de gas, hornos crematorios. La Ciencia Médica se utilizó para experimentar con seres humanos, generar abominaciones y causar dolor y muerte. La industria” de la guerra fue la más desarrollada y rentable en Alemania, durante ese período de fuego y sangre.

La eliminación de los judíos comenzó desde ser arrojados al vacío por las ventanas de sus hogares, golpeados y ametrallados en las calles; quemados dentro de sus sinagogas; trasladados en los vagones de carga humana; ingresados a los campos de concentración, donde las enfermedades y el hambre extremo cobraban numerosas víctimas, antes de llegar a su destino final: los campos de exterminio. El fusilamiento masivo de poblados enteros, en los que, en dos o tres días desaparecían entre treinta y hasta cincuenta mil niños, jóvenes, mujeres y ancianos, arrojados a los barrancos o a fosas comunes, cavadas por los propios sentenciados, pronto dejó de ser un sistema conveniente. Los soldados manifestaban que tantas horas de fusilamientos los “agotaban” y entraban en “crisis psicológicas” a causa del esfuerzo y las visiones de las escenas, los gritos, la sangre y el terror.

Fue entonces cuando la política de los jerarcas nazis dio un salto al horror sin precedentes en la historia de la humanidad. En la conferencia de Wannsee, los líderes decretaron la puesta en marcha de la “solución final al problema judío”. Las cámaras de gas y los hornos crematorios fueron los medios en la dinámica del exterminio. Si bien ya se había iniciado antes de Wannsee, la eliminación se convirtió en un “proceso radical final – final”.

Auschwitz, desde su apertura el 20 de mayo de 1940, fue el mayor campo de exterminio nazi de toda Europa.

Auschwitz, la “fábrica de la muerte”. Un lugar emblemático del terror, del martirio, y las vejaciones más monstruosas ideadas por el hombre. En el complejo de campos de exterminio formados por Auschwitz I, Auschwitz II – Birkenau, Auschwitz II – Monowitz, a unos 43 kilómetros al oeste de Cracovia, Polonia, diez mil personas eran diariamente asesinadas y las chimeneas de los hornos, día y noche, no dejaban de esparcir las cenizas de las víctimas en vastas extensiones de los alrededores.

El Zyklon-B fue el gas letal utilizado como método eficaz y rápido para eliminar a los seleccionados, conducidos a morir en las cámaras de gas. Irónicamente, fue un químico judeo-alemán, Fritz Haber, el creador del Zyklon-A, un gas ideado como pesticida a base de cianuro, por el cual fue galardonado como Premio Nobel de Química en 1918. Durante la Segunda Guerra Mundial se produjo el Zyklon-B, perfeccionado para ser utilizado en las cámaras de gas. El ZYKLON-B se vertía por las tuberías de los tejados de las cámaras y la humedad del aire y el contacto con el agua de las duchas liberaban el cianuro de hidrógeno gaseoso, produciendo asfixia y muerte cerebral, un proceso doloroso y desesperante durante veinte a veinticinco minutos. Más de un millón y medio de personas fueron asesinadas en Auschwitz.

Parafraseando las palabras del escritor español Sebastián Vilar Rodríguez “¿Quién murió en Auschwitz? Descubrí una terrible verdad: Europa murió en Auschwitz. Allí quemamos a un grupo de personas que representaban cultura, pensamiento y creatividad. Destruimos al pueblo que hizo grandes contribuciones al mundo en todas las áreas de la vida. De los seis millones que murieron ¿cuántos hubieran crecido para ser músicos, artistas, filántropos o científicos?” A esta reflexión agrego “¿Qué murió en Auschwitz”? Allí murió la humanidad y el humanismo, el bien y la solidaridad, el honor y la justicia, la inocencia y el amor.

Auschwitz ¿fue realmente liberado? Tras la rendición del ejército alemán, los soldados aliados van descubriendo en su camino los restos de los campos de exterminio; no los buscaron, los encontraron en su ruta a los puntos de reunión. Es por ello que numerosos sobrevivientes, después de los primeros momentos de libertad, afirman, como el conocido sobreviviente Jack Fuks, que dedicó su vida a dar testimonio sobre la Shoá y declaró: “Auschwitz no fue liberado”.

Los ejércitos aliados llegaron a campos que ya habían sido abandonados y vaciados por los propios nazis, quienes trataron de borrar todas las evidencias posibles que los señalaban como perpetradores crueles y sanguinarios. Los documentos oficiales habían sido quemado, destruidos; los prisioneros llevados hacia Alemania en las “marchas de la muerte”. El Ejército Rojo se atribuyó la liberación de Auschwitz, los ingleses, Bergen – Belsen, y los americanos, Dachau. Lamentablemente, los gobiernos aliados sabían de los campos y de lo que allí sucedía, tenían documentación confirmada, pero se trataba de personas y no soldados. Las vías del ferrocarril y los campos, los “vagones de la muerte” y las cámaras de gas no fueron bombardeados, simplemente, porque no se consideraban “blancos militares”; ¡se hubieran salvado tantas vidas!

Los judíos no fueron llevados “como ovejas al matadero”; esa afirmación es una visión que descalifica y deshumaniza. Después de los primeros momentos de shock reaccionaron al instinto de preservación. El prisionero recurría cada día, a cada momento, ante cada amenaza a improvisar las formas de salvar su vida. Sobrevivir un día más era un acto de valentía. Las rebeliones en los ghettos y los campos, las fugas, las luchas en los bosques junto a los partisanos, el contrabando de armas, alimentos y personas, fueron actos valientes y heroicos.

El levantamiento del Ghetto de Varsovia, en Polonia, es la demostración más significativa de la resistencia armada y las reacciones combativas de los judíos contra la opresión nazi.

Reservamos una mención de honor, agradecimiento y respeto a los “justos de las naciones”. Hombres y mujeres, no judíos, amantes de la justicia, defensores de la existencia humana, movidos por la solidaridad y el altruismo, salvaron miles de judíos. A costa de sus propias vidas y las de sus familias, ocultaron víctimas, curaron sus heridas, los alimentaron sin recibir compensación económica alguna.

Hoy, el Estado de Israel los reconoce como héroes y les rinde merecido honor en “Yad Vashem”, el mayor Memorial del Holocausto en el mundo, en Jerusalem.

En la actualidad hay quienes niegan las dimensiones de la Shoá. Opinan que es un mito creado por los sionistas e israelíes, que continúan llorando y guardando duelo por acontecimientos ocurridos hace más de 70 años. Son los mismos que han vuelto a sembrar la semilla del odio, el terror y el antisemitismo en el mundo.

¡La Shoá existió! No tiene explicación ni justificativo. No hay lengua humana que pueda describir en palabras el fondo más sombrío del hombre. Las fosas comunes, las cámaras de gas, los crematorios, las montañas de ropa, zapatos, anteojos, cabellos humanos, juguetes infantiles, las construcciones de los campos, son testigos permanentes de la crueldad, la bestialidad y el espanto.

Ellos ya no están pero nos legaron registros, documentos e historias personales y toda vez que los nombramos y leemos, vuelven a cobrar vida en el punto de encuentro entre narrador y lector.

6 millones de judíos, entre ellos más de 1 millón de niños; 1 millón de gitanos; 20 millones de rusos; 10 millones de cristianos; 1900 sacerdotes católicos; una generación de jóvenes y adolescentes; dos generaciones robadas al mundo.

Los testimonios de los sobrevivientes renacen de las montañas de cenizas y evocan el horror de vivir y el terror a morir. Sus voces son la suma de 6 millones de voces que emergen de la tierra humillada. A través de los testigos nuestros ojos pueden ver la tragedia, nuestros oídos pueden escuchar los lamentos y plegarias… Sus números tatuados arden en nuestros brazos, nuestras almas tiemblan ante sus emociones jamás envejecidas.

El recuerdo importa. El ejercicio de la memoria reivindica la humanidad de las víctimas, los personifica, recupera sus rostros y sus nombres, reevalúa sus vidas de antes, durante y después de la Shoá.

El pasado no se puede cambiar pero sí podemos “recorrer las huellas del tiempo” y tomar aprendizaje:

Aprendimos a nunca olvidar.

No olvidar no es odio ni venganza, es justicia.

Nunca olvidar es una proclama de justicia.

Justicia para que nunca vuelva a suceder.

¡Nunca jamás!

 

Esther S. de Kaplan

Coordinadora de los talleres “Por las Huellas de la Shoá”.